EL ABUELO…

Arrinconada en este mi pequeño espacio,  trato de esparcir a los cuatro vientos añoranzas gratas. De pronto  cierro mis ojos, me sumerjo en  pasajes parvularios, cuando San Antonio convocaba a los hijos, los nietos y vecinos, a aquel paraíso, ese rinconcito patrio que lo guardo en mi corazón, “El Moral”, a fin  de celebrar el onomástico de mi abuelito Antonio, todos desde  diferentes rincones arribábamos en caravana.  Mis hermanos y yo encaramados en el camión de mi padre “el nubes verdes”, cantando “soy del Carchi”, colmados de alegría divisábamos la casita, la gran casa construida en la cima de la colina. Los saludos efusivos “de  loma a loma”,  los dos abuelos, agitaban sus brazos al divisar la polvareda que levantaba nuestra llegada. Nosotros, con alegría, inenarrable, gritando y saltando nos abalanzábamos a sus brazos.

Todo estaba previsto, los colchones de tamo, juntos unos a otros, en el pequeño salón, el patio colmado de choclos, papitas, mellocos; y, un cerdo colgado en un pilar. Las señoras diligentes, apuraban en pelar las gallinas, los cuyes, en batir la chicha y desgranar las habas. Nosotros, citadinos, una vez en el campo, corríamos, saltábamos, agitados todos en “fila india” para los  volantines  desde la colina, luego, la tarea, a coger moras, cherches, arrayanes y moquillos. Muy temprano, acompañábamos a los abuelos a  sacar la leche, como un manjar en  una hoja de barrabás tomábamos la  espuma acompañada de un trozo de pan amasado de hace tiempo y guardado celosamente junto a las colaciones, la panela, en el baúl de la abuela.  

Todo era algarabía, los primos, los amigos, en tropel fraterno, acudíamos prestos al río para departir en medio de chistes, de peleas y reconciliaciones inmediatas. Para el acto principal de la convocatoria, la celebración del santo de mi Abuelo, todos presurosos, agitados, previa a la función, era de ver el esfuerzo de nuestras madres, pues a más del agrado del homenajeado, la competencia era por la mención de honor a la familia ganadora. Los cinco de mi papá, todos actores, los diez de mi tío Rosalino todos bailarines, los diez de mi tío Carlos, todos cantantes y los ocho de mi tío Justiniano con sus paseos a caballo, juntos, con los vecinos y más parientes pugnábamos por ser los mejores en el evento. Desde las diferentes “lomas” llegaban los invitados todos provistos de  guitarras y una “botellita” bajo el poncho. En la noche los adultos, al son de la música, el baile y el cruce de copas gozaban hasta más no poder; mientras los niños, jugábamos, nos revolcábamos sin cansancio ni tregua,   a su alrededor. Así,  bajo la luz de la luna, todos juntos, veíamos el sol llegar.

 El abuelo siempre llevaba en el bolsillo de su chaqueta una fundita raída que contenía colaciones quizá caducadas, pero cuando los nietos lo rodeábamos bonachonamente nos colmaba de esos dulces, como premio  acariciábamos su cabecita calva regocijados  con su presencia.

Como todo, pensábamos que aquellos bellos momentos de encuentros fraternales jamás terminarían, un día mi padre, acongojado, con voz grave y taciturna nos dijo: “hijos debemos vestirnos de luto, el Abuelito Antoño, se ha muerto”. Desde entonces fui privada de ese calor familiar.

Como un tributo a su recuerdo,  volveré a visitar las ruinas de la casita vieja, allá en la loma de “El Moral”, volveré a  encandilarme en la paz serena de sus ruinas, de su abandono,  de su soledad, para en un collar de sollozos rememorar su historia, su vida, nuestra vida, que renace cada día en la nostalgia de volver a las risas bullangueras,  a las ocurrencias infantiles, a las tertulias cotidianas donde al calor del fogón, se contaban historias no contadas, leyendas de “María Angula”, de “La viuda”, “La Chuza longo”  “La lavandera del Río Bobo” “el padre descabezado”, en fin…

¡Hoy,  de súbito como en un sueño lejano alcanzo a divisar a aquel hombre proletario, sencillo, quizá porque en estas noches frías de añoranzas, persisto en encontrar la ruta  hasta que el Creador declare extinto mi pasaporte en este mundo. Allí congregados en la paz serena de la eternidad, en medio de coros de ángeles, arcángeles, querubines y serafines entonaremos himnos de alabanzas al Creador por la buena vida vivida, por la buena vida compartida…!

Narciza Tapia Guerrón

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