LA VIDA ES UN SUSPIRO…

Será que los años se deslizan por mi extenuada existencia, para atizar la ansiedad y el frío que golpean los rincones íntimos del alma. Ahora que las palabras se escurren tenues, sutiles, lo único que atino a decirles es que hoy el viento me ha traído sus nombres esculpidos en la memoria para grabarlos por siempre en mi existencia. Así, impaciente como soy, acumulando fuerzas para reconocerme, aún en mis sueños olvidados me apresto a contagiarme en la fragancia de sus tempranos años para decirles que con frecuencia me estaciono en el compás de espera a fin de volverlos a ver para sentir sus finas siluetas que me permitan brindarles abrigo… brindarles toda yo…

Ahora lo único que pretendo es continuar con el trajinar de mis simples días, para que este presente que transita urgente hacia el ocaso, pedirles que me permitan posarme en el cristalino manantial de sus miradas a fin de lograr sanar grietas insaciables, para matar el tedio que desfila en las horas que fenecen porque en medio de oraciones repetidas, de poemas plagiados y de constantes devaneos: los miro, los siento, los vivo, los gozo, tú niña querida con tus ocurrencias, tus tertulias que embelesan, tú niño, amado con tu señorial genio y tu mirada profunda, inundan el ambiente de ternura.

Así, de súbito, sin advertirlo siquiera, van quedando pavesas de mi tiempo que se extingue y al abrir la cajita de recuerdos, a los garabatos de su madre y su niñez, se suman los de ustedes, sus hijos, con alegría e inocencia…

¡Sí!… porque en lo que me resta de vida, el compartir con ustedes es mi mundo, porque cada momento es único, irremplazable, una historia y una oportunidad que no hay como derrochar, porque en un supiro se extingue. Por eso, aquí y ahora, así los imagino, en un mundo donde la libertad no solo sea una utopía, donde la paz sea el objetivo; para que aviven sus sueños; y, ante los grandes conflictos y las más crudas tempestades, en filigrana de colores tiñan en el cielo un radiante arco iris… 

Así me imagino: desandando caminos que absurdamente tracé, para compartir con ustedes sus risas de cascabel, sus berrinches, para aun exhausta, regocijarme con sus caritas sucias y posarme en su límpida mirada, luego, presurosos en la próxima parada abordar el gusanito y en un viaje de luces y colores recrear los más puros sentimientos. ¡Que más me puede ofrecer la vida!…

Yo sé que se trata de divagaciones y deseos reprimidos,  ¡qué más da!, si desde que arribaron a nuestra morada, su presencia se ha convertido en la marca viva de  sueños que renacen, que  se reencuentran en un cúmulo de emociones que me permite crecer, me permite vivir propagando ilusiones, pregonando quimeras…

Ahora, ante lo súbito, ante lo inespeperado, hago una pausa a mis locos desvaríos, para detenerme en mis inevitables silencios y en el tránsito inexorable hacia el ocaso, me yergo para enarbolar la antorcha de  la fe y la esperanza, porque pretendo ser testigo fiel de sus tenues andares, contagiarme de la fragancia de sus tiernos años e inyectada de  fuerza para en un ímpetu de amor llenarme de júbilo  en sus momentos de alegría, o para auparlos en sus instantes de amargura…

 Así, de pronto, de vez en vez me estaciono en el umbral de mi vieja morada para con ansias locas aguardar el tibio aroma de sus tiernas siluetas, mientras tanto propago plegarias al Creador, porque nunca dejen de ser niños, nuestros niños, fontanas de luz que irradien en todos los caminos, en todo lo que lo que significa existencia…

Y en el momento justo, cuando mi vida se extinga puedan entonar aquella canción de Leonardo Fabio que entonces no entendían: “Yo moriré una tarde tal vez sea en enero, la ciudad con su ritmo no vivirá tu duelo, te pido me recuerdes con toda mi alegría o en alguna canción, mi amor, mi amor o en alguna canción… recuérdame peleando de frente con la vida o charlando en la plaza con algún jubilado...”. –

¡Mientras eso suceda dame…  Oh Señor, la dicha de amarlos, de sentirlos… de vivirlos!…

Narciza Tapia Guerrón

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